Desde hace unas semanas se viene preparando la celebración del 20º aniversario de la caída del Muro de Berlín, efemérides que se cumple hoy, 9 de noviembre. Nunca se han dejado de conmemorar los acontecimientos más destacados, pero últimamente el mundo está sufriendo de una auténtica fiebre conmemorativa; los gobiernos se han contagiado de la cepa más virulenta de la gripe: los usos públicos de la historia.
Ninguna conmemoración o reivindicación del pasado es inocente, y menos cuando la política está detrás. Siempre que se reclama parte de nuestra historia no es para revivir o divulgar el pasado, sino para glorificar y exaltar el presente. En este tipo de eventos el pasado se presenta simplificado, aproblemático, vaciado de toda complejidad y cargado de toda una serie de interpretaciones e ideas simbólicas elaboradas a posteriori, lanzadas desde el presente que quiere legitimarse. Todos estos ingredientes se están dejando ver estas semanas con el tema del muro de Berlín.
Ninguna conmemoración o reivindicación del pasado es inocente, y menos cuando la política está detrás. Siempre que se reclama parte de nuestra historia no es para revivir o divulgar el pasado, sino para glorificar y exaltar el presente. En este tipo de eventos el pasado se presenta simplificado, aproblemático, vaciado de toda complejidad y cargado de toda una serie de interpretaciones e ideas simbólicas elaboradas a posteriori, lanzadas desde el presente que quiere legitimarse. Todos estos ingredientes se están dejando ver estas semanas con el tema del muro de Berlín.
John F. Kennedy y Konrad Adenauer ante el Muro de Berlín, junio de 1963 (Fotografía de Robert Knudsen, fotógrafo de la Casa Blanca)Para los europeos resulta muy molesto tener en nuestro pasado reciente una imagen tan vergonzosa como el muro que separaba físicamente Berlín en dos y, a nivel simbólico, Europa y el mundo. Cuando Winston Churchill pronunció aquella famosa conferencia en la Universidad de Fulton en 1946, donde habló del telón de acero (Iron Curtain), seguramente nunca llegó a imaginar que su concepto simbólico de la frontera que se había creado en Europa tras la segunda guerra mundial llegaría a materializarse. Muchos europeos no son conscientes de hasta qué punto todo esto es reciente, y tal vez por ello se esfuerzan en dejarlo atrás cuanto antes. La historia del muro debe quedar enterrada en el pasado y debemos convencernos de que es pasado muy pasado. Nada hay mejor para demostrar que algo forma ya parte del pasado que conmemorarlo. Aquello que ha de traerse de nuevo al presente, aquello de lo que hay que hacer memoria, es porque ya no está presente. Sin embargo, las huellas de toda aquella historia siguen muy presentes y la tan magnificada unificación alemana de 1990 no parecer tan maravillosa ni tan perfecta para varios millones de alemanes orientales, que todavía hoy se consideran ciudadanos de segunda.
La victoriosa y eufórica Europa occiedental ha tendido a echar mano del uso público de la historia para dejar muy claro que el comunismo y el bloque del Este fueron derrotados, o que incluso se rindieron. Partir de estas premisas tan prepotentes y pretenciosas supone el fracaso de cualquier acercamiento serio y riguroso de la guerra fría y de su final; supone la negación de cualquier complejidad y diversidad en la historia y acaba simplificando todo mediante la colocación de las etiquetas "buenos" y "malos", "vencedores" y "vencidos". No se trata de defender, por ejemplo, el régimen de la RDA (desde todos los puntos de vista indefendible) ni el de ningún otro país de Europa del este, pero sí de defender a los millones de europeos orientales que hoy se ven obligados a tragarse la historia fabricada por la victoriosa Europa occidental. Estas personas han sido víctimas por partida doble: primero, bajo los sistemas autoritarios del bloque oriental y segundo, por la dramática y costosa integración en la Europa democrática que les obliga a sentirse culpables y a tragarse su propia identidad.
El júbilo desatado por conmemorar la reunificación alemana no solo ha querido ensalzar los valores de unidad, libertad y democracia en Alemania y en todo el continente; en el fondo ha reavivado la visión unilateral y triunfalista del bloque occidental, que se siente más exultante y más legitimado que nunca. Si de verdad hemos de convivir todos los europeos y compartir un mismo espacio de libertad, debemos empezar por conocer la realidad cultural y la historia de millones de europeos del este de los que, en realidad, no conocemos nada salvo los estereotipos que hemos construido en torno a ellos. La democracia también hay que apicarla a la memoria.
La victoriosa y eufórica Europa occiedental ha tendido a echar mano del uso público de la historia para dejar muy claro que el comunismo y el bloque del Este fueron derrotados, o que incluso se rindieron. Partir de estas premisas tan prepotentes y pretenciosas supone el fracaso de cualquier acercamiento serio y riguroso de la guerra fría y de su final; supone la negación de cualquier complejidad y diversidad en la historia y acaba simplificando todo mediante la colocación de las etiquetas "buenos" y "malos", "vencedores" y "vencidos". No se trata de defender, por ejemplo, el régimen de la RDA (desde todos los puntos de vista indefendible) ni el de ningún otro país de Europa del este, pero sí de defender a los millones de europeos orientales que hoy se ven obligados a tragarse la historia fabricada por la victoriosa Europa occidental. Estas personas han sido víctimas por partida doble: primero, bajo los sistemas autoritarios del bloque oriental y segundo, por la dramática y costosa integración en la Europa democrática que les obliga a sentirse culpables y a tragarse su propia identidad.
El júbilo desatado por conmemorar la reunificación alemana no solo ha querido ensalzar los valores de unidad, libertad y democracia en Alemania y en todo el continente; en el fondo ha reavivado la visión unilateral y triunfalista del bloque occidental, que se siente más exultante y más legitimado que nunca. Si de verdad hemos de convivir todos los europeos y compartir un mismo espacio de libertad, debemos empezar por conocer la realidad cultural y la historia de millones de europeos del este de los que, en realidad, no conocemos nada salvo los estereotipos que hemos construido en torno a ellos. La democracia también hay que apicarla a la memoria.
Entrevista a Egon Krenz, último jefe de Estado de la RDA.
Reunificación alemana: integración a cámara lenta.
El triunfo de la libertad (introducción de las memorias de Helmut Kohl).
P.J.



